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miércoles, 11 de marzo de 2020

11 de marzo

             El 11 de marzo es un día que no cuenta con excesivas efemérides si nos limitamos a un burdo conteo. En 1851, Giusseppe Verdi estrena Rigoletto en la Fenice. Ciento cuatro años después fallece Alexander Fleming, el descubridor casual del primer antibiótico. En 2004, se paró el tiempo en Atocha y en la estación de El Pozo, en Madrid. En 2020 los colegios han amanecido cerrados para tratar de detener los contagios por coronavirus en la comunidad de Madrid, y el tiempo ha vuelto a detenerse.


            Esta mañana una pareja de las muchas que hay en España se ha levantado y, acostumbrados a rutinas previas, ha procedido a preparar el café y a levantar a los niños. Uno de los miembros de la pareja, igual da él que ella -debería haber dicho que es una pareja heterosexual pero poned lo que consideréis- ha entrado con sigilo en la habitación de los niños, que dormían placidamente. Ha observado sus rostros serenos ligeramente iluminados por la luz del pasillo, se ha fijado en que uno de los niños estaba destapado, como siempre, y le ha arropado, mientras decía para sí «cinco minutos más y los despierto». Entonces ha recordado que no había colegio, cómo iba a haberlo, con la que está montada. Y 11 de marzo, vaya fechas, qué casualidad.

           La pareja es afortunada, puede teletrabajar uno de ellos. El otro debe acudir a su centro de trabajo. Más afortunada aún. Su casa es amplia, espaciosa, los niños pueden estar cómodos. Valora bajar con ellos al parque por la tarde, porque al fin y al cabo les debe dar el aire. Piensa en las recomendaciones de la OMS, que ha leído hasta la saciedad, las recomendaciones del Gobierno, los consejos de la comunidad de Madrid, los mensajes de whatsapp de fuentes inciertas, la mayoría de las veces redactados por vendedores de imagen. Se sienten informados, y sin embargo, sus hijos, pasadas unas horas, les miran, ven el sol brillar, hace buena temperatura, están todos en casa, pero quieren dar una vuelta. ¿Les llevamos al parque?, se preguntan. ¿Hacemos bien, somos buenos padres? ¿Nos pegarán los virus otros niños? ¿Cómo les mantendremos alejados de los columpios? ¿Qué dijo la OMS de los columpios? Repasemos.
 En la estación de Nuevos Ministerios, unas horas antes, uno de los miembros de la pareja, el que tiene que trabajar, observa las noticias mientras rasga la pantalla de su móvil. Todo parece tranquilo, hay menos gente en la estación pero no hay nada anormal. El tren ha llegado, se sube y, mientras se sienta dentro del vagón, apartado de otros usuarios para mantener la distancia de seguridad, nota algo, que solo se hace palpable cuando el chivato del cierre de puertas cesa su soniquete. Es pesado, ha caído encima, los pasajeros que vienen de estaciones anteriores reflejan en su cara la carga invisible que transportan: el silencio, un silencio material, viscoso, roto solo por el traqueteo del vagón. El tren para en mitad del túnel, quizá se trata de un ajuste horario. El silencio se agarra a la garganta de nuestro miembro segundo, el que no teletrabaja, y no sale de ahí, nota cierta angustia en el lado izquierdo de su pecho. Entonces, el miembro segundo recuerda otra angustia semejante, dieciséis años antes, el silencio del 12 de marzo, el día después de los atentados. El vagón de la línea 6 de metro rumbo a la universidad, repleto de gente que no hablaba, que miraba al techo o al suelo, concentrados en sus pensamientos -faltaban aún años para que los móviles inteligentes nos hicieran fijar la vista en sus pantallas-. Y entonces, el miembro que no teletrabaja, sabe, o al menos intuye, que se encuentra ante otro 12 de marzo lleno de interrogaciones, que la duda vuelve a golpearnos en mitad de los cimientos de esto que creíamos tan bien organizado y que llamamos sociedad del bienestar.

             Por la tarde, ya con su familia, mientras los niños corretean un poco por el parque, lejos de otros niños a ratos, piensa la pareja que tal vez se hayan equivocado, que deberían marcharse a casa y encerrarse bajo siete llaves sin ver a nadie. Pero el sol luce, la tarde es tranquila. El mañana incierto. Y se preguntan, ambos miembros, si sabremos afrontarlo. De momento, a lavarnos bien las manos, niños.

jueves, 20 de febrero de 2020

Galdós y las iglesias de Madrid

«(...) Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa  de los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada de yesos deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que, al menos, despide olor de aseo y tiene el decoro de los sitios en que anda mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.»
Fortunata y Jacinta. Benito Pérez Galdós

Imagen tomada de la web de la revista Mercurio. Fundación José María Lara