Atocha nos recibe con los brazos abiertos. Creo que limo unos pocos segundos saltando un bordillo de la glorieta. En Pacífico la cosa se complica. Muchos corredores aceleran nerviosos ya pensando en mejorar su tiempo, o en hacer un tiempo digno.
Una chica se cruza por delante, casi a noventa grados, buscando a sus compañeros de cuadrilla, sin avisar. Estoy a punto de caer y la increpo. No me hace caso, pero me fijo en que ella y su grupo llevan un ritmo interesante. Una referencia. Aprieto el paso y me pongo casi a su altura. A ver hasta dónde llego.
La Albufera se aproxima y paso el kilómetro 8 por debajo de los 48 minutos. Tal vez ha sido un suicidio. Quizás, o también puedo conseguirlo. Como en 2006, llego al punto decisivo.
El grupo de la chica va unos diez metros delante de mí cuando comienza la subida infernal de la Albufera. Aflojo un poco el ritmo para empezar la cuesta con un poco más de resuello. Me controlo para no mirar hacia el final de la avenida. Las piernas comienzan a tirar un poco, los pulmones piden sitio. He mantenido la boca bastante cerrada durante toda la carrera; sin embargo ya no aguanto más y empiezo a boquear.
Algo sorprendido, descubro que el dolor remite si no levanto tanto la pierna; reduzco la zancada y adelanto a uno, dos, tres, cuatro, cinco, pierdo la cuenta, pero los números son filas de corredores. ¡Estoy ganando tiempo! Olvido la referencia del grupo de delante y me concentro en no tropezar con nadie mientras supero obstáculos.
Tal vez borracho de presunción se me cruza por la cabeza que, en realidad, no es tan larga esta cuesta como me la había imaginado o como la recordaba.La rodilla izquierda me lanza un aviso, La cuesta se alarga un poco más, vengándose de mi desprecio.
Enlazo Carlos Martín Álvarez lleno de satisfacción. No hay pájara. Pero mejor aún, creo que puedo conseguirlo. La calle es un dos carriles más estrecha que la Avenida de la Albufera. Los corredores vuelven a convertirse en una masa apiñada de brazos y piernas que, milagrosamente, consiguen esquivarse unos a otros y avanzar hacia la meta.
De nuevo busco el borde de la acera, me pego al público que, ahora sí, inunda las aceras, vitoreando, animando.Es más fácil avanzar, aunque en caso de tapón sólo tengo un lado de salida. Bueno, un lado si no piso a nadie...
Por suerte no dejo que la ansiedad me venza y consigo mantener un buen ritmo zigzagueando entre camisetas blanquiazules y disfraces de tonadillera.He olvidado el crono, sólo quinientos metros, sólo trescientos metros. La calle no acaba nunca.
Última recta. No veo la meta. ¿Dónde coño está la meta? Un tío vestido de mosquetero me saca de mis cavilaciones profundas con un elegante codazo. Ni lo noto. Aprieto el paso por enésima vez. Ahora son las dos rodillas las que se quejan al unísono. El tobillo derecho parece crujir por el acelerón. No puedo levantar las piernas, pero puedo moverlas dando pasos más pequeños.
Ahora lo recuerdo. El último giro a la izquierda y una pequeña cuestecilla buscando el estadio de Vallecas.
De nuevo música a todo trapo, luces, gritos, queda muy poco. Cincuenta metros. ¿Cuánto tiempo llevo? Veinticinco metros.
Cruzo la meta en medio del pitido continuo de los chips y los gritos del locutor de la organización.
Apago el cronómetro sin mirarlo. Quiero agua, un hueco libre, parar a tomar aire, y luego tal vez mire el tiempo. Recupero el aliento, el corazón vuelve a su sitio y me encamino a la salida. Le doy el chip a la organización, que premia mi entrega con agua, pistachos, galletitas y bebida isotónica. PVP: menos de 4 euros.
Salgo del recinto de la carrera sin mirar mi tiempo aún. Pienso en mis chicas. Lo consiga o no esto es para ellas. Lentamente pongo el reloj a la altura de mis ojos. La organización puede matizar el tiempo con el chip, pero este es el mío, personal e intransferible, ganado a pulso.Cincuenta y ocho minutos y algunos segundos.
Sonrío hacia mis adentros. Busco el móvil y marco el número de Gema.
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lunes, 23 de enero de 2012
58:06 Parte II
Operación sencilla: diez kilómetros en una hora supone ir a un ritmo de seis minutos por kilómetro. Es la barrera. En Colmenar no he podido superarlo. El comienzo me devuelve a la dura realidad. Piernas, brazos, codos, espaldas, cabezas. Un muro humano tras otro corta la ruta.
Quiero ir más rápido, más rápido.
Tal vez no todavía. Tengo que evitar el sofocón del principio y el minuto bueno del Paseo del Prado que en 2006 me dejaron completamente vacío. Eso es una cosa, de acuerdo, ¡pero otra completamente diferente el que pase el primer kilómetro en ocho minutos!. Me imagino cómo sería la carrea si crecieran de mis pies unas cuchillas como las de Mesala, pero ante tal delirio prefiero aguzar la vista y abrirme hueco mediante pequeños acelerones. Procuro avisar los cambios de trayectoria con el brazo, como hago con la bici. No todos siguen esta táctica, otros corredores más prágmáticos prefieren pisar directamente mis maltrechos pies o los de cualquier otro corredor. Arderán en el infierno, seguro.
Paso entre una pareja que ha decidido que la calle Serrano es el parque junto a su casa. Oigo al chico increparme "Deberíamos ir todos a un ritmo", dice, o algo así. No sé por qué protesta. Ni los he tocado ni me he cruzado.Sí, tal vez deberíamos ir a trote cochinero y que nos dieran las uvas en Atocha, pero hoy no toca.
Voy pegado al borde de la calzada. A mi izquierda una marabunta humana inunda la acera. En los barrios ricos el público no baja a vernos pero al menos deja sitio para que les invadamos.
Esquivo a varias señoras de cháchara y a un señor de algo menos de ochenta años que se ha decidido a desafiar al frío y que convierte mi pequeño reto en una payasada. Lo suyo sí es un desafío. Paso a su lado. Tiene buena cara. Llegará. Deberían darle una medalla. ¿Dónde está el mérito de acabar por debajo de 30 minutos con la juventud de tu parte?
Kilómetro tres. El cronómetro marca algo más de 18 minutos. Me queda un mundo y demasiada gente por delante. Tal vez debería dejar de mirarlo, quizás hasta se ríe de mí.
Serrano amenaza con convertirse en un desastre para mis aspiraciones pero por fin llegamos a la calle Alcalá y aprovecho la bajada a Cibeles para aumentar el ritmo jugando a "¿quién esquiva la valla?". Entro en el paseo del Prado sin saber muy bien cómo voy, buscando el kilómetro cinco con muchas dudas. La anchura de la avenida permite que vayamos más cómodos. Cojo la línea discontinua como referencia y vuelvo a apretar el ritmo. Me sobra el gorro, tengo que refrigerar la cabeza.
Llego al kilómetro cinco un poco sofocado. Cedo a la tentación y miro el reloj. Treinta minutos y algún segundo. El chip después hablará más claro. Demasiado justo, tengo que llegar a la Albufera con margen, pero tengo miedo de pillar una pájara en la cuesta. Demasiado justo.
Quiero ir más rápido, más rápido.
Tal vez no todavía. Tengo que evitar el sofocón del principio y el minuto bueno del Paseo del Prado que en 2006 me dejaron completamente vacío. Eso es una cosa, de acuerdo, ¡pero otra completamente diferente el que pase el primer kilómetro en ocho minutos!. Me imagino cómo sería la carrea si crecieran de mis pies unas cuchillas como las de Mesala, pero ante tal delirio prefiero aguzar la vista y abrirme hueco mediante pequeños acelerones. Procuro avisar los cambios de trayectoria con el brazo, como hago con la bici. No todos siguen esta táctica, otros corredores más prágmáticos prefieren pisar directamente mis maltrechos pies o los de cualquier otro corredor. Arderán en el infierno, seguro.
Paso entre una pareja que ha decidido que la calle Serrano es el parque junto a su casa. Oigo al chico increparme "Deberíamos ir todos a un ritmo", dice, o algo así. No sé por qué protesta. Ni los he tocado ni me he cruzado.Sí, tal vez deberíamos ir a trote cochinero y que nos dieran las uvas en Atocha, pero hoy no toca.
Voy pegado al borde de la calzada. A mi izquierda una marabunta humana inunda la acera. En los barrios ricos el público no baja a vernos pero al menos deja sitio para que les invadamos.
Esquivo a varias señoras de cháchara y a un señor de algo menos de ochenta años que se ha decidido a desafiar al frío y que convierte mi pequeño reto en una payasada. Lo suyo sí es un desafío. Paso a su lado. Tiene buena cara. Llegará. Deberían darle una medalla. ¿Dónde está el mérito de acabar por debajo de 30 minutos con la juventud de tu parte?
Kilómetro tres. El cronómetro marca algo más de 18 minutos. Me queda un mundo y demasiada gente por delante. Tal vez debería dejar de mirarlo, quizás hasta se ríe de mí.
Serrano amenaza con convertirse en un desastre para mis aspiraciones pero por fin llegamos a la calle Alcalá y aprovecho la bajada a Cibeles para aumentar el ritmo jugando a "¿quién esquiva la valla?". Entro en el paseo del Prado sin saber muy bien cómo voy, buscando el kilómetro cinco con muchas dudas. La anchura de la avenida permite que vayamos más cómodos. Cojo la línea discontinua como referencia y vuelvo a apretar el ritmo. Me sobra el gorro, tengo que refrigerar la cabeza.
Llego al kilómetro cinco un poco sofocado. Cedo a la tentación y miro el reloj. Treinta minutos y algún segundo. El chip después hablará más claro. Demasiado justo, tengo que llegar a la Albufera con margen, pero tengo miedo de pillar una pájara en la cuesta. Demasiado justo.
58:06 - Parte I
Un pequeño reto al final del año. Una dedicatoria a mis chicas. Dos meses entrenando y ya es demasiado tarde. Avanzo un poco tratando de refugiarme tras un grupo de corredores más altos que la media. No hace demasiado frío, pero ya me he quitado el cortavientos y la temperatura baja por momentos. He calentado unos minutos aunque el efecto quizás haya desaparecido para cuando den la salida. No quería salir demasiado retrasado. Cuantos menos obstáculos mejor. A mi lado un grupo de amigos bromea sobre quién va a ser más rápido.
¿Por qué he venido? Nunca me han gustado las multitudes. Me encanta escuchar música en directo. Creo que es lo más auténtico, la música sin evoltorio, sin concesiones, pero detesto ir a los grandes conciertos sólo para evitar tener que enfrentarme a la masa del público gritando, silbando, empujando, comportándonos en rebaño.
Ahora me rodean unas dos o tres mil personas más las dieciséis o dieciocho mil que estará por detrás. Algunos quieren abrirse paso hasta la zona de salida, y no reparan en meter un poco el codo.
Sale la primera oleada de más de sesenta minutos. Las anteriores ni me interesan. Camisetas y jerseys al viento. El grupo contratado por la organización hace lo que puede versionando a AC/DC. Parte de mi inscripción contribuye a esta fanfarria. Podrían ahorrárnoslo.
Se abre la barrera y la masa de la que formo parte avanza perezosa. Tropiezo con la ropa tirada que los corredores van lanzando al aire, fieles a la tradición. Pongo el cronómetro a cero y pego unos brincos para tratar de mantener las piernas algo calientes mientras nos acercamos a la salida. Luces, bengalas, una ovación, y mi grupo sale disparado camino de Vallecas. El efecto del atasco hace que el latigazo tarde un poco en llegar, pero de repente veo un par de metros despejados y me pongo en marcha como un autómata. El arco de salida pita por el paso de miles de chips de control de tiempo. Vallecas espera.
¿Por qué he venido? Nunca me han gustado las multitudes. Me encanta escuchar música en directo. Creo que es lo más auténtico, la música sin evoltorio, sin concesiones, pero detesto ir a los grandes conciertos sólo para evitar tener que enfrentarme a la masa del público gritando, silbando, empujando, comportándonos en rebaño.
Ahora me rodean unas dos o tres mil personas más las dieciséis o dieciocho mil que estará por detrás. Algunos quieren abrirse paso hasta la zona de salida, y no reparan en meter un poco el codo.
Sale la primera oleada de más de sesenta minutos. Las anteriores ni me interesan. Camisetas y jerseys al viento. El grupo contratado por la organización hace lo que puede versionando a AC/DC. Parte de mi inscripción contribuye a esta fanfarria. Podrían ahorrárnoslo.
Se abre la barrera y la masa de la que formo parte avanza perezosa. Tropiezo con la ropa tirada que los corredores van lanzando al aire, fieles a la tradición. Pongo el cronómetro a cero y pego unos brincos para tratar de mantener las piernas algo calientes mientras nos acercamos a la salida. Luces, bengalas, una ovación, y mi grupo sale disparado camino de Vallecas. El efecto del atasco hace que el latigazo tarde un poco en llegar, pero de repente veo un par de metros despejados y me pongo en marcha como un autómata. El arco de salida pita por el paso de miles de chips de control de tiempo. Vallecas espera.
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