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lunes, 6 de abril de 2020

Ganas de hablar


 

Resulta que ya he perdido la cuenta de los días de cuarentena. ¿Veinte, quince, ocho? ¿Un mes?  La caverna es cómoda, pero el mundo ahí fuera se mueve. Le falta algo, ¿qué será? Quizás una parte de la respuesta me llegó el otro día, cuando salí a cazar y recolectar para el clan. 

En la cola del supermercado, ahora reconocida en nuestro sistema de supervivencia como la caverna de recolección alimentaria, se guarda escrupulosamente la requerida distancia para evitar contagios. Cada nuevo agregado que llega a la cola es revisado con cierta seriedad por los ya integrados, para evaluar su potencial peligrosidad para el clan de cada uno. Como si el contagio se pudiera detectar por la parte de la cara que se ve por encima de la máscara. Como no se pueden ver bocas que completen la expresión, se revelan arqueos de cejas, aperturas de ojos  evidentes, cuando llegan aquellos que acuden a recolectar equipados con máscaras de alto nivel, esas que ya no venden en ninguna farmacia y que en las páginas web valen un ojo de la cara; su aspecto listo para la era atómica, su filtro en la parte central y la superficie del artilugio rotundamente blanca, lisa, impoluta. Son esas máscaras que hacen preguntarte: ¿este, de dónde viene?, ¿cómo lo ha conseguido?, ¿tan mal está la cosa? Luego la parte racional de tu cerebro, si la dejas actuar, toma el control y llega a una conclusión que calma tu ansiedad por un rato: hasta para eso hay clases. Si sumas la presencia de las boinas amarillas de la Unidad Militar de Emergencias campando por la explanada del aparcamiento de la estación, la sensación de estado de alarma plenamente operativo satisface las exigencias de cualquier ficción pre-apocalíptica.
 
Cueva de Son Doong. Vietnam.
Con todo, a pesar de su gesto inicialmente huraño con los recién llegados, las personas de la cola también llevan encerradas unos días como tú. Para ellas, este rato de ir a llenar la bolsa se convierte en su momento de tomar el aire y el sol, hacer el poco ejercicio que puedan. Hay afortunados machacas que disponen de todo lo necesario para mantener sus abdómenes y glúteos en su sitio,  propietarios de cavernas tecnificadas a golpe de talonario, con habitaciones de sobra para instalar pequeñas reproducciones de su gimnasio de cabecera. Pero la mayoría de nosotros no disponemos de tales instalaciones, muchos ni las queremos; algunos dirán, osados, que no las necesitamos. En todo caso, por muchas aplicaciones que tengamos, mucha charla por teleconferencia, mucho emoticono y mucho meme, no puedo negar que necesitamos esa presencia cercana del diálogo con alguien de carne y hueso.

Probablemente es lo que hace que me dirija al señor de delante de la cola cuando se gira y mira ese coche que acaba de pasar con cierta prisa atravesando un charco. El salpicoteo ha estado a punto de mojarle. Intuyo bajo su máscara un gesto de desaprobación, que se confirma con el cabeceo que sigue. Le digo algo sobre la suerte que ha tenido y debe de ser que ambos hemos visto la puerta abierta a una conversación fuera de la caverna. Hemos pasado a hablar de la suerte a la política, vaya usted a saber cómo hemos tirado por ahí. Luego ha revelado que tenía a un pariente muy enfermo y que no podía visitarlo, y que sus hijos estaban bien. En casa, haciendo lo que pueden. A veces se ponen muy pesados, son adolescentes. 

          Hace un gesto de dar un paso pero se retiene. Mantenemos la distancia de seguridad para limitar contagios. Le comento que eso de pedir raciones al centro va a pasar a la historia y creo que sonríe con sus ojos. Se nos van a quitar muchas tonterías, me dice, y encima vamos a ser más limpios. Al final va a estar hasta bien. Yo también sonrío, espero que lo note.

El guardia de seguridad indica que avancemos. Entramos en la caverna de recolección. En el interior ya no hablaremos, procuraremos recoger alimentos y artículos de droguería lo más rápido posible, sin mirar a nadie, casi sin hablar, y ¡ay! del que tosa, lo fulminaremos con nuestra mirada con rayo láser. Mi compañero de conversación lo sabe y se despide como si se fuera de viaje: bueno, encantado, hasta otro día, a ver si  esto se pasa de una vez y nos vemos. Le respondo que como le he visto con máscara igual no le reconozco, que tendremos que llevarla por si acaso. El hombre vuelve a sonreír y me dice adiós con la mano. 

Nuestra caverna es cómoda, pero necesitamos salir de ella. En todos los sentidos.

viernes, 27 de marzo de 2020


EL ÁRBOL



Cuando el arbol es tierno

cualquier viento lo mueve.

Suena en el mediodía

con su música agreste;

tiembla de las raíces

hasta las hojas débiles;

vibra como una cuerda

de la lira celeste.



      Pero después su tronco

flexible se endurece;

se acorteza su carne;

su raíz se hace fuerte;

le desnudan la copa

el otoño y la nieve;

la feliz primavera

se la viste de verde.



Pero el árbol ya es otro.

Otros vientos lo mueven.

Otras brisas quisieran

orearle la frente.



      Pero el árbol es otro

irremediablemente.



      Él no lo sabe. Ignora

el rostro de la muerte.

Sobre el inmóvil tronco

donde el tiempo se duerme,

su juventud le canta

armoniosa, le mece,

tañe, para él, las cuerdas

de oro en las ramas verdes.



      Pero el árbol es otro

irremediablemente.


Quinta del 42.

José Hierro.

Benjamín Palencia



                       El encinar de santa Teresa. Benjamín Palencia.

miércoles, 11 de marzo de 2020

11 de marzo

             El 11 de marzo es un día que no cuenta con excesivas efemérides si nos limitamos a un burdo conteo. En 1851, Giusseppe Verdi estrena Rigoletto en la Fenice. Ciento cuatro años después fallece Alexander Fleming, el descubridor casual del primer antibiótico. En 2004, se paró el tiempo en Atocha y en la estación de El Pozo, en Madrid. En 2020 los colegios han amanecido cerrados para tratar de detener los contagios por coronavirus en la comunidad de Madrid, y el tiempo ha vuelto a detenerse.


            Esta mañana una pareja de las muchas que hay en España se ha levantado y, acostumbrados a rutinas previas, ha procedido a preparar el café y a levantar a los niños. Uno de los miembros de la pareja, igual da él que ella -debería haber dicho que es una pareja heterosexual pero poned lo que consideréis- ha entrado con sigilo en la habitación de los niños, que dormían placidamente. Ha observado sus rostros serenos ligeramente iluminados por la luz del pasillo, se ha fijado en que uno de los niños estaba destapado, como siempre, y le ha arropado, mientras decía para sí «cinco minutos más y los despierto». Entonces ha recordado que no había colegio, cómo iba a haberlo, con la que está montada. Y 11 de marzo, vaya fechas, qué casualidad.

           La pareja es afortunada, puede teletrabajar uno de ellos. El otro debe acudir a su centro de trabajo. Más afortunada aún. Su casa es amplia, espaciosa, los niños pueden estar cómodos. Valora bajar con ellos al parque por la tarde, porque al fin y al cabo les debe dar el aire. Piensa en las recomendaciones de la OMS, que ha leído hasta la saciedad, las recomendaciones del Gobierno, los consejos de la comunidad de Madrid, los mensajes de whatsapp de fuentes inciertas, la mayoría de las veces redactados por vendedores de imagen. Se sienten informados, y sin embargo, sus hijos, pasadas unas horas, les miran, ven el sol brillar, hace buena temperatura, están todos en casa, pero quieren dar una vuelta. ¿Les llevamos al parque?, se preguntan. ¿Hacemos bien, somos buenos padres? ¿Nos pegarán los virus otros niños? ¿Cómo les mantendremos alejados de los columpios? ¿Qué dijo la OMS de los columpios? Repasemos.
 En la estación de Nuevos Ministerios, unas horas antes, uno de los miembros de la pareja, el que tiene que trabajar, observa las noticias mientras rasga la pantalla de su móvil. Todo parece tranquilo, hay menos gente en la estación pero no hay nada anormal. El tren ha llegado, se sube y, mientras se sienta dentro del vagón, apartado de otros usuarios para mantener la distancia de seguridad, nota algo, que solo se hace palpable cuando el chivato del cierre de puertas cesa su soniquete. Es pesado, ha caído encima, los pasajeros que vienen de estaciones anteriores reflejan en su cara la carga invisible que transportan: el silencio, un silencio material, viscoso, roto solo por el traqueteo del vagón. El tren para en mitad del túnel, quizá se trata de un ajuste horario. El silencio se agarra a la garganta de nuestro miembro segundo, el que no teletrabaja, y no sale de ahí, nota cierta angustia en el lado izquierdo de su pecho. Entonces, el miembro segundo recuerda otra angustia semejante, dieciséis años antes, el silencio del 12 de marzo, el día después de los atentados. El vagón de la línea 6 de metro rumbo a la universidad, repleto de gente que no hablaba, que miraba al techo o al suelo, concentrados en sus pensamientos -faltaban aún años para que los móviles inteligentes nos hicieran fijar la vista en sus pantallas-. Y entonces, el miembro que no teletrabaja, sabe, o al menos intuye, que se encuentra ante otro 12 de marzo lleno de interrogaciones, que la duda vuelve a golpearnos en mitad de los cimientos de esto que creíamos tan bien organizado y que llamamos sociedad del bienestar.

             Por la tarde, ya con su familia, mientras los niños corretean un poco por el parque, lejos de otros niños a ratos, piensa la pareja que tal vez se hayan equivocado, que deberían marcharse a casa y encerrarse bajo siete llaves sin ver a nadie. Pero el sol luce, la tarde es tranquila. El mañana incierto. Y se preguntan, ambos miembros, si sabremos afrontarlo. De momento, a lavarnos bien las manos, niños.

jueves, 20 de febrero de 2020

Galdós y las iglesias de Madrid

«(...) Verdad que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra esta invasión, porque las iglesias de esta villa, además de muy sucias, son verdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar mucho el gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas empolvadas y todo lo demás que constituye la vulgaridad indecorosa  de los templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a las cursilerías de esta novísima monumentalidad, también armada de yesos deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que, al menos, despide olor de aseo y tiene el decoro de los sitios en que anda mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.»
Fortunata y Jacinta. Benito Pérez Galdós

Imagen tomada de la web de la revista Mercurio. Fundación José María Lara

martes, 7 de enero de 2020

Un año de libros



Un año de libros. Relaciona libros con autores.


Arderás en la tormenta Fernando Aramburu
Buenos presagios Francisco Umbral
Capitanes intrépidos James Fenimore Cooper
Crónica del alba John Steinbeck
El Jarama John Verdon
El libro negro Marguerite Yourcenar
El último mohicano Mary Shelley
Frankenstein Ohran Pamuk
La buena letra Rafael Chirbes
Las ciegas hormigas Rafael Sánchez Ferlosio
Las ninfas Ramiro Pinilla
Las uvas de la ira Ramón J. Sender
Opus Nigrum Rudyard Kipling
Orlando Santiago Posteguillo
Patria Terry Pratchett
Ronda de noche Terry Pratchett y Neil Gaiman
Yo, Julia Virginia Woolf

martes, 17 de septiembre de 2019

En la cima del Mundo.

Un día quise subir en bicicleta a la Bola del Mundo.

Todas las tardes al volver a casa veía la silueta de las antenas rojas de la cumbre, recortadas contra el cielo, allá lejos, en lo alto de la sierra, una formidable baliza artificial que rompe con el paisaje natural de la sierra de Guadarrama pero que también es ya un referente para todos los que pisan habitualmente por la sierra. Pero no es el momento de meternos en debates a favor y en contra de las antenas, iba a contaros otra historia.

En estas aventuras siempre me acompaña mi amigo Alberto. Habíamos subido la Fuenfría y luego que hubimos sorteado algunos tramos del camino Schmid -entonces era legal atravesarlo en bicicleta- llegamos a una pequeña bajada asfaltada. Allí, entonces,  la montaña hemisférica se reveló por fin en todo su esplendor. La enorme mole del Cerro de Guarramillas se elevaba imperiosa desde el puerto de Navacerrada hacia el cielo, zurcida por el trazado del telesilla que sale desde la carretera nacional, entre la piña de edificios que se agolpan en la última rampa del puerto. Lunar, pelada, lejana.


Nos sorprendió el bullicio que se agolpaba junto a la cafetería en plena cumbre, quizás se trataba de la salida o tal vez del paso de alguna prueba deportiva de las que suelen celebrarse en este puerto; fue una bienvenida inesperada que agradecimos. 


Cruzamos la carretera nacional hacia las primeras rampas de la carretera de hormigón,  frente a nosotros por encima de la nave del telesilla. La estrecha ruta serpenteaba blanca y brillante tallada en la ladera. Otros ciclistas, como atrevidos insectos reptaban por el lomo de la montaña, cuya dura piel apenas notaría un cosquilleo de las ruedas resbalando por su superficie. Sentí un pequeño desfallecimiento, abrumado por un reto que entonces se me hacía imposible.

Alberto comentó con su tono sereno:
"Bueno, a por ello, ¿no? Vamos tranquilos".
"Sí, sí,  pero  tú coge tu ritmo, no me esperes". Alberto entrenaba por entonces en un club ciclista y su ritmo tranquilo era para mí lo más parecido a la categoría profesional.

Alberto se distanció pronto y miró para atrás reduciendo el ritmo. "No, no, no me esperes, tú dale que si no vas pendiente y te rompo tu ritmo", boqueé. Está bien una rueda amiga por ahí cerca, pero no es una carrera profesional, ni soy el líder de ningún equipo. No me esperéis, yo llegaré en algún momento y si no, pues no pasa nada, que hay móvil y tenemos cobertura.

Recuerdo que en la primera curva a izquierdas me fui por la parte derecha para tratar de reducir la pendiente, pero el muro era excesivo para mi marcha, subí un piñón, y me di cuenta de que ya no me quedaban más piñones por subir. ¡Sin reservas mecánicas ni psicológicas y todavía me quedaba lo peor!

Mientras subía pensaba en mis niños, en particular en el pequeño, que aún no había nacido, faltaban pocas semanas. Esta era una promesa que le debía. Con cada hijo me planteé un reto deportivo, no sé por qué, la verdad, salió de dentro, supongo que para dar gracias porque el embarazo saliera bien.

"¿Gracias a quién?" pensaba mientras subía.Otros pensamientos se cruzaban con los agradecimientos.

Te puedes bajar, te puedes bajar, te puedes bajar.

Le seguía la resaca.

No pasa nada si te bajas, no pasa nada si te bajas, no pasa nada si te bajas.

Claro, podía poner un pie a tierra, como he hecho tantas veces que no he podido con una cuesta, total no pasa nada, no soy ni seré campeón de ciclismo. Sólo me gusta la bici, pasear, ver la montaña, descubrir sitios,

"¿Qué hago en medio de esta cuesta?". El cerebro intenta retomar el control del cuerpo, pero a veces sobra razonar.

  Veía a Alberto cada vez más lejos, subiendo a buen ritmo, en plena forma. Pasó la plataforma del telesilla que marca la última parte de la ascensión y enfiló la última cuesta. Yo llegué bastante después, pareció un mundo. La pendiente se redujo un poco, los libros dicen que de un 16%-18% se queda en un 9%, que es una rampa respetable; comparado con el infierno mejor quedarse en un buen  purgatorio.

Los muslos me dolían como si me hubieran clavado mil palillos en carne viva, afortunadamente el corazón iba bien y sólo notaba fatiga en los muslos. Procuraba respirar acompasado, evitaba jadear y marcaba un ritmo constante como una cumplidora tortuga.

Unos excursionistas decidieron estuvieron a punto de tirarme de forma involuntaria. Bajaban hablando entre ellos por la mitad del camino, ocupando toda la parte más ciclable.  Quise gritarles " a la derecha por favor", pero de mi boca sólo salió un balbuceo ininteligible, y cuando me di cuenta estaba casi encima sin margen para maniobrar en mitad de una pendiente tremenda. Ellos repararon en ese momento que un ciclista llegaba y se echaron a la izquierda, que era el lugar por donde estaba intentando evitarlos. Por poco tengo la caída tonta del día, pero por pegué un golpe de pedal, con las últimas fuerzas que tenía,  y superé la rampa por el lado más complicado; dejé atrás a los excursionistas y lancé -a dos por hora- a por la última parte de la subida.

Llegar al telesilla supuso superar una barrera psicológica enorme. Solo quedaba afrontar la última rampa con los músculos hechos fosfatina. Alberto, pensé, estaría ya degustando un merecido refrigerio en la cumbre azotada por el viento.

No te pares, no debes pararte, no pares.

Recordé alguna anécdota del sitio para distraer la cabeza. Ese año la Vuelta a España había disputado la penúltima etapa allí. Dos ciclistas de prestigio habían llegado escapados: Denis Menchov y Richie Porte, ruso y australiano. Menchov fue toda la subida a rueda, siguiendo el ritmo de Porte, era un corredor más veterano entonces, ganador de Vuelta y Giro, más completo, pero menos escalador. A su favor, la experiencia. Los comentaristas daban como favorito a Richie Porte, más ágil cuesta arriba, más explosivo, más joven. Llegaron juntos a la curva del telesilla, y al llegar al descansito que había allí, Menchov esprintó y Porte no pudo seguirlo. Llegó vacío, a diez segundos del ruso, más o menos, no había guardado lo suficiente en la subida y la rampa final le mojó la dinamita. El ruso, perro viejo, supo regular el esfuerzo.

Por detrás, otros también tuvieron que regular. Purito le montó un buen problema a Contador, y estuvo a punto de arrebatarle la Vuelta. Contador se descolgó y tuvo que seguir su ritmo para no entrar en crisis. El resto de favoritos llegó de uno en uno, con el corazón en la boca a aquella última rampa maldita.
Recuerdo la imagen de Chris Froome bajándose de la bici nada más cruzar la meta, apartándola de su vista mientras se la daba muy enfadado a su asistente. Casi no podía andar.
Unos años antes, la primera vez que se subió, Vicenzo Nibali recuperó en el último tramo toda la ventaja que le había sacado Ezequiel Mosquera, aunque tuvo la deferencia de no disputarle la victoria de etapa (al menos eso pareció en las imágenes). 

Cuento esto, porque durante esa última subida me vinieron a la cabeza esas imágenes. No esprinté, porque no podía. No me vacié, porque no me quedaba casi nada. Había entrado en una especie de estado de pedaleo automático en el que la cabeza me mantenía consciente mientras mis piernas no hacían más que empujar los pedales.¿Y el dolor? Bueno, digamos que seguía ahí. Ya no solo me dolía  el muslo, el gemelo también reclamaba mi atención, y el gemelo suele ser menos paciente. 

Se iba acercando poco a poco la cadena que corta el paso en la carretera. Alberto me esperaba sonriente, rodeado de otros osados que se habían atrevido incluso con la bicicleta de carretera. El que puede, puede.


Llegué a la cadena físicamente derrotado y apenas pude hablar, ni andar. Me senté. Cuando pude articular sílabas sólo salían tacos de mi boca, de una forma automática y descontrolada. Ajustaba cuentas con la montaña.

Las antenas rojas, plantadas como dos dedos ofensivos posados en la calva de la montaña, me devolvieron mi poco amable saludo. Al fin y al cabo, esa es su casa.

El viento azotaba la cima, el otoño había consumido su primer mes y el invierno comenzaba a extender su aliento sobre la zona alta de la sierra, pero nosotros también habíamos llegado. Abrigados ahora con nuestras cazadoras, comimos al tiempo que comentábamos la subida, las partes difíciles y las peores del todo, hacíamos unas fotos y preparábamos el largo descenso hasta Cercedilla.

Mi pensamiento volaba desde Peñalara a Colmenar, con mi familia.

Lo había superado, todo saldría bien. Gracias, pensé, aunque siga sin saber a quién.

Miré a las antenas una vez más antes de comenzar el descenso y la vuelta a casa. Por el camino las piernas me seguían pesando, costaría llegar a Cercedilla, pero llegaríamos. 

Alberto dijo algo sobre la polémica que había respecto a su impacto paisajístico.

- Dejadlas ahí, que no las quiten nunca - dije.



A Alberto, compañero de aventuras.
A Marco, a Jara y a Gema, lo mejor de mi vida.







jueves, 17 de octubre de 2013

La montaña



"La montaña es silenciosa y resonante. Como el vientre de la loba es su vientre, arisco y maternal. Esconde sus manantiales en los bosques, como la loba sus tetas entre el pelo. La montaña está tendida mansamente, amamantando a la llanura.Sólo a veces se levanta dura y esquiva y rasga los labios de los campos. 

Por encima de los bosques viene el talud pelado, con sus pedrizas y sus reventones, donde nace la arena de los ríos. La montaña se rasga el pecho y echa aludes de piedras angulosas. La montaña tiende arenales en los ríos de la llanura y sus ojos dormitan en la arena de los remansos.

(...) Las montañas tienen su rostro al mediodía; los caminantes las conocen por este lado. Los nombres de las montañas están escritos en su solana, y por la umbría nadie las conoce."

Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhui

viernes, 14 de septiembre de 2012

Y qué si los pide

¿Pendientes? Me dicen que le ponga pendientes. Mi familia sobre todo. Tan pequeña y ya con agujeros en la oreja. Sólo porque es una niña, y las niñas, claro, no me había dado cuenta, tienen que llevar pendientes.
Hale, taladrada cuando ella no lo ha pedido, sólo por una cuestión estética, porque las abuelas rebosen alegría por lo guapa que está la niña con las bolitas prendidas de sus tiernas orejas. Si fuera niño no tendríamos esta conversación, ¿es que no se dan cuenta? 

Costumbre atávica y bárbara, en la educación autoritaria que recibieron nuestros padres estas cosas ni se planteaban, una niña era una niña, y un niño un niño. Y, claro, las niñas no estudiaban porque tenían que parir y cuidar a los niños, al marido y a la madre superiora, y llevaban pendientes, y falda, sin enseñar, no sea que digan. Debían llevar esos pendientes y nadie les había preguntado si querían o no.

Admitida la cuestión estética como adorno que a muchas mujeres favorece, creo que lo que trato de explicar y no entienden muchos es que el cuerpo de mi hija es suyo, no nuestro. Nosotros somos responsables de él, no propietarios, y como responsables tenemos que cuidarlo, para permitir que cuando sea mayor decida.

Soy consciente de que el entorno va a ser agresivo con esta cuestión. Agresivo por ceguera, porque la familia va a comer la cabeza a la niña para que los pida con tres añitos porque sus amigas también los llevan y ella no, claro y cómo va a ser menos mi niña, mi nieta, mi sobrina, mi prima. Asumo la carga, probablemente entonces todavía me oponga porque no sabe lo que implica; trataré de explicárselo, aunque lo más seguro es que no entienda los razonamientos excéntricos de su padre. Ella querrá sus pendientes entonces, no cuando sea mayor y ya está.  Por lo menos lo habrá elegido ella. Eso es libertad.

Lo olvidamos tan fácilmente.

Pero a lo mejor no los pide.




lunes, 23 de enero de 2012

58.06 - Parte III

Atocha nos recibe con los brazos abiertos. Creo que limo unos pocos  segundos saltando un bordillo de la glorieta. En Pacífico la cosa se complica. Muchos corredores aceleran nerviosos ya pensando en mejorar su tiempo, o en hacer un tiempo digno.

Una chica se cruza por delante, casi a noventa grados, buscando a sus compañeros de cuadrilla, sin avisar. Estoy a punto de caer y la increpo. No me hace caso, pero me fijo en que ella y su grupo llevan un ritmo interesante. Una referencia. Aprieto el paso y me pongo casi a su altura. A ver hasta dónde llego.


La Albufera se aproxima y paso el kilómetro 8 por debajo de los 48 minutos. Tal vez ha sido un suicidio. Quizás, o también puedo conseguirlo. Como en 2006, llego al punto decisivo.

El grupo de la chica va unos diez metros delante de mí cuando comienza la subida infernal de la Albufera. Aflojo un poco el ritmo para empezar la cuesta con un poco más de resuello. Me controlo para no mirar hacia el final de la avenida. Las piernas comienzan a tirar un poco, los pulmones piden sitio. He mantenido la boca bastante cerrada durante toda la carrera; sin embargo ya no aguanto más y empiezo a boquear.
Algo sorprendido, descubro que el dolor remite si no levanto tanto la pierna; reduzco la zancada y adelanto a uno, dos, tres, cuatro, cinco, pierdo la cuenta, pero los números son filas de corredores. ¡Estoy ganando tiempo! Olvido la referencia del grupo de delante y me concentro en no tropezar con nadie mientras supero obstáculos.

Tal vez borracho de presunción se me cruza por la cabeza que, en realidad, no es tan larga esta cuesta como me la había imaginado o como la recordaba.La rodilla izquierda me lanza un aviso, La cuesta se alarga un poco más, vengándose de mi desprecio.


Enlazo Carlos Martín Álvarez lleno de satisfacción. No hay pájara. Pero mejor aún, creo que puedo conseguirlo. La calle es un dos carriles más estrecha que la Avenida de la Albufera. Los corredores vuelven a convertirse en una masa apiñada de brazos y piernas que, milagrosamente, consiguen esquivarse unos a otros y avanzar hacia la meta.

De nuevo busco el borde de la acera, me pego al público que, ahora sí, inunda las aceras, vitoreando, animando.Es más fácil avanzar, aunque en caso de tapón sólo tengo un lado de salida. Bueno, un lado si no piso a nadie...

Por suerte no dejo que la ansiedad me venza y consigo mantener un buen ritmo zigzagueando entre camisetas blanquiazules y disfraces de tonadillera.He olvidado el crono, sólo quinientos metros, sólo trescientos metros. La calle no acaba nunca.

Última recta. No veo la meta. ¿Dónde coño está la meta? Un tío vestido de mosquetero me saca de mis cavilaciones profundas con un elegante codazo. Ni lo noto. Aprieto el paso por enésima vez. Ahora son las dos rodillas las que se quejan al unísono. El tobillo derecho parece crujir por el acelerón. No puedo levantar las piernas, pero puedo moverlas dando pasos más pequeños.

Ahora lo recuerdo. El último giro a la izquierda y una pequeña cuestecilla buscando el estadio de Vallecas.
De nuevo música a todo trapo, luces, gritos, queda muy poco. Cincuenta metros. ¿Cuánto tiempo llevo? Veinticinco metros.
Cruzo la meta en medio del pitido continuo de los chips y los gritos del locutor de la organización.
Apago el cronómetro sin mirarlo. Quiero agua, un hueco libre, parar a tomar aire, y luego tal vez mire el tiempo. Recupero el aliento, el corazón vuelve a su sitio y me encamino a la salida. Le doy el chip a la organización, que premia mi entrega con agua, pistachos, galletitas y bebida isotónica. PVP: menos de 4 euros.

Salgo del recinto de la carrera sin mirar mi tiempo aún.  Pienso en mis chicas. Lo consiga o no esto es para ellas. Lentamente pongo el reloj a la altura de mis ojos. La organización puede matizar el tiempo con el chip, pero este es el mío, personal e intransferible, ganado a pulso.Cincuenta y ocho minutos y algunos segundos.
Sonrío hacia mis adentros. Busco el móvil y marco el número de Gema.

58:06 Parte II

Operación sencilla: diez kilómetros en una hora supone ir a un ritmo de seis minutos por kilómetro. Es la barrera. En Colmenar no he podido superarlo. El comienzo me devuelve a la dura realidad. Piernas, brazos, codos, espaldas, cabezas. Un muro humano tras otro corta la ruta.

Quiero ir más rápido, más rápido.

Tal vez no todavía. Tengo que evitar el sofocón del principio y el minuto bueno del Paseo del Prado que en 2006 me dejaron completamente vacío. Eso es una cosa, de acuerdo, ¡pero otra completamente diferente el que pase el primer kilómetro en ocho minutos!. Me imagino cómo sería la carrea si crecieran de mis pies unas cuchillas como las de Mesala, pero ante tal delirio prefiero aguzar la vista y abrirme hueco mediante pequeños acelerones. Procuro avisar los cambios de trayectoria con el brazo, como hago con la bici. No todos siguen esta táctica, otros corredores más prágmáticos prefieren pisar directamente mis maltrechos pies o los de cualquier otro corredor. Arderán en el infierno, seguro.

Paso entre una pareja que ha decidido que la calle Serrano es el parque junto a su casa. Oigo al chico increparme "Deberíamos ir todos a un ritmo", dice, o algo así. No sé por qué protesta. Ni los he tocado ni me he cruzado.Sí, tal vez deberíamos ir a trote cochinero y que nos dieran las uvas en Atocha, pero hoy no toca.
Voy pegado al borde de la calzada. A mi izquierda una marabunta humana inunda la acera. En los barrios ricos el público no baja a vernos pero al menos deja sitio para que les invadamos.

Esquivo a  varias señoras de cháchara y a un señor de algo menos de ochenta años que se ha decidido a desafiar al frío y que convierte mi pequeño reto en una payasada. Lo suyo sí es un desafío. Paso a su lado. Tiene buena cara. Llegará. Deberían darle una medalla. ¿Dónde está el mérito de acabar por debajo de 30 minutos con la juventud de tu parte?

Kilómetro tres. El cronómetro marca algo más de 18 minutos. Me queda un mundo y demasiada gente por delante. Tal vez debería dejar de mirarlo, quizás hasta se ríe de mí.

Serrano amenaza con convertirse en un desastre para mis aspiraciones  pero por fin llegamos a la calle Alcalá y aprovecho la bajada a Cibeles para aumentar el ritmo jugando a "¿quién esquiva la valla?". Entro en el paseo del Prado sin saber muy bien cómo voy, buscando el kilómetro cinco con muchas dudas. La anchura de la avenida permite que vayamos más cómodos. Cojo la línea discontinua como referencia y vuelvo a apretar el ritmo. Me sobra el gorro, tengo que refrigerar la cabeza.

Llego al kilómetro cinco un poco sofocado. Cedo a la tentación y miro el reloj. Treinta minutos y algún segundo. El chip después hablará más claro. Demasiado justo, tengo que llegar a la Albufera con margen, pero tengo miedo de pillar una pájara en la cuesta. Demasiado justo.

58:06 - Parte I

 Un pequeño reto al final del año. Una dedicatoria a mis chicas. Dos meses entrenando y ya es demasiado tarde. Avanzo un poco tratando de refugiarme tras un grupo de corredores más altos que la media. No hace demasiado frío, pero ya me he quitado el cortavientos y la temperatura baja por momentos. He calentado unos minutos aunque el efecto quizás haya desaparecido para cuando den la salida. No quería salir demasiado retrasado. Cuantos menos obstáculos mejor. A mi lado un grupo de amigos bromea sobre quién va a ser más rápido.

¿Por qué he venido? Nunca me han gustado las multitudes. Me encanta escuchar música en directo. Creo que es lo más auténtico, la música sin evoltorio, sin concesiones, pero detesto ir a los grandes conciertos sólo para evitar tener que enfrentarme a la masa del público gritando, silbando, empujando, comportándonos en rebaño.
Ahora me rodean unas dos o tres mil personas más las dieciséis o dieciocho mil que estará por detrás. Algunos quieren abrirse paso hasta la zona de salida, y no reparan en meter un poco el codo.


Sale la primera oleada de más de sesenta minutos. Las anteriores ni me interesan. Camisetas y jerseys al viento. El grupo contratado por la organización hace lo que puede versionando a AC/DC. Parte de mi inscripción contribuye a esta fanfarria. Podrían ahorrárnoslo.

Se abre la barrera y la masa de la que formo parte avanza perezosa. Tropiezo con la ropa tirada que los corredores van lanzando al aire, fieles a la tradición. Pongo el cronómetro a cero y pego unos brincos para tratar de mantener las piernas algo calientes mientras nos acercamos a la salida. Luces, bengalas, una ovación, y mi grupo sale disparado camino de Vallecas. El efecto del atasco hace que el latigazo tarde un poco en llegar, pero de repente veo un par de metros despejados y me pongo en marcha como un autómata. El arco de salida pita por el paso de miles de chips de control de tiempo. Vallecas espera.

viernes, 16 de diciembre de 2011

URTAIN

De Urtain guardo un vago recuerdo de los años ’80, alguna aparición en algún programa que veían mis padres. Un señor grande que hablaba un poco raro, como sin acabar las frases. Tenía la nariz aplastada. “Hay que ver, cómo han abandonado todos a éste; se iba a comer el mundo”, comentaba mi padre.

El siguiente recuerdo de Urtain es el de su muerte, ese suicidio que salió en el telediario subrayado por una imagen de una manta parduzca cubriendo un tipo en el suelo. Decían que ese que estaba debajo era lo que quedaba de un hombre acosado por los acreedores y abandonado por sus amigos.

Hasta anoche Urtain no había vuelto a ser familiar; conocía la existencia de la obra de teatro. Pero ayer realmente consiguió tomar forma. Debo confesarme completamente impresionado por esta obra. No puedo atribuirlo a nada concreto, sino al conjunto como manifestación total. Me dejó realmente conmovido, quizás sea el término exacto. Y a pesar de emitirse por la tele.

Cuando la obra llegó al final apagué la tele rodeado por un silencio que, de repente, se había vuelto pesado y un tanto asfixiante, como el silencio de un duelo por un muerto. Y es que la obra presenta al boxeador como una persona de pocas luces pero luchadora, confiada y engañada por todos o casi todos los que le rodean, egoísta en el éxito, cautiva de un entorno que no es el suyo, invadido casi desde el principio de su carrera por una especie de tristeza insondable. En una crítica que leí definían al personaje como un juguete roto, despreciado y abandonado sin remedio. No puedo definirlo mejor.

Esta mañana he buscado algunas fotos del gigante de barro, alguna referencia. Un ídolo que llegó a lo más alto y el propio éxito se encargó de aniquilarlo. Podéis pensar que me obsesiono, pero resulta inquietante la similitud entre la carrera de Urtain y la crisis por la que estamos atravesando. Esperemos que al pais no le dé por saltar de la ventana.


martes, 1 de noviembre de 2011

La economía y el bien

La realidad navega a la deriva; estamos pendientes de las noticias económicas que condicionarán nuestro futuro mientras los partidos políticos piensan la mejor manera de convencernos de que en realidad intentan hacer algo.
O bien buscan encontrar un horizonte que vendernos o bien lo tienen pero lo disfrazan de otra cosa para que no nos demos cuenta de sus verdaderas intenciones.

La tradicional división de las dos Españas parece haber dado un paso atrás. La izquierda se ha visto superada por los latigazos del omnipresente mercado, que ha decidido tomar las riendas de la función de forma implacable. Falta de recursos o de reflejos, se ha diluido cediendo el campo de operaciones a la auténtica derecha tradicional, que tampoco quiere ejercer como tal, que no se ve, y que llama a lo blanco negro. Por tanto, no podemos hablar de las dos Españas, ni de nada, porque en esta realidad diluida y a la deriva, no podemos llamar a los recortes por su nombre, ni al ahorro otra cosa que no sea consolidación fiscal. El paro, al menos, sigue siendo paro. Y el pan, sigue siendo pan. Y el sueldo lo llamaremos sueldo, aunque a este paso tendremos que llamarlo limosna para que nos dejen vivir. Pero es lo que hay. Y no hay mucho más, o eso quieren que creamos.

Sería más tranquilizador que alguien nos contara hacia dónde quiere ir cada uno, qué ideal persiguen. Quizás entonces decidiéramos no votar, o votar verdaderamente convencidos. Me apena mucho la desaparición de los ideales del estado del bienestar del lenguaje de nuestros políticos. Y lo peor de todo es que miremos donde miremos los modelos ejemplares carecen de ese halo de irrefutable bondad. Eso es verdaderamente lo peor. La desaparición del bien de la agenda mundial. Si sólo mandan los números, estamos perdidos.

Seguiré contando.